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Ryszard Kapuscinski, prosa por la libertad 1 junio, 2011

Posted by Producción UMH Grupo 19 in Daniel Valero Carreras.
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Ryszard Kapuscinski, periodista polaco, ávido explorador de los rincones más oscuros del mundo y temerario reportero, publicaba en 1975 Cristo con un fusil al hombro. Hacía poco menos de ocho años que había muerto asesinado en Bolivia Ernesto Che Guevara, aquel revolucionario de la izquierda comunista que luchaba por un continente libre de tiranía. Kapuscinski claro simpatizante de los guerrilleros de la izquierda, quizás viera en la muerte la Che el actor desencadenante de gritar, porque rebeldes como él, morirán por un ideal, fieles a su moral y a su ética, y quizás Kapuscinski con Cristo con un fusil al hombro, pretendiera que las luchas del Che, y de tantos como él no cayeran en el olvido.

Cristo con un fusil al hombro no es una mera recopilación de crónicas de guerra y barbarie. En esta obra podemos encontrar al Kapuscinski más comprometido, más empático con los movimientos guerrilleros de la región y de la época y notable observador de lo humano entre la crueldad. Haciendo gala de una extrema sensibilidad social, utilizando su mejor arma, la palabra, consigue llegar y estremecer al lector, introducirlo en la historia, hacerlo sentir parte de la misma y  con previsible humanidad, socializar un dolor y una pena que tiene una causa y unas terribles consecuencias.

Kapuscinski habla de pueblos cuya historia se tiñe de sangre por la ambición, el poder y el dinero de los poderosos ante los débiles, pero siempre narrado con una particular mezcla de claridad y belleza  “Rashidiya huele a naranjas y a sangre” o “la esencia de la guerra es que arrastra bajo sus negras alas a todo el mundo”.

En Cristo con un fusil al hombro, cuesta percibir si Kapuscinski actúa como periodista fiel a la realidad que lucha por los derechos entonando un canto por la libertad, o si más bien se deja llevar por su simpatía hacia el comunismo, rebelde y guerrillero. Sin embargo, de una forma o de otra, lo que es cierto es que supo vislumbrar lo justo de injusto, el fuerte del débil, convirtiéndose en la voz del silencio y llegando hasta lo más profundo de lo humano que hay en los campos de batalla.

Empieza su recopilación por el antiguo conflicto israelí–palestino. Sin entrar en malos y buenos, pero con una marcada tendencia por darle voz al pueblo palestino. Kapuscinski esboza un esquema en su crónica en el que muestra un pueblo palestino oprimido y reprimido por la supremacía israelí. Un pueblo cuyo único objetivo es volver a casa. “Si los judíos quieren vivir en Palestina pueden hacerlo, ellos no tiene ningún inconveniente. Ellos saben que Palestina es una tierra condenada a dos pueblos, pero un pueblo no puede vivir a costa del otro, no puede asentarse a costa de condenar al otro al éxodo, y la vida errante. Ahora los palestinos son el único pueblo del mundo que no tiene patria. El único pueblo que deambula por la tierra y no tiene techo.”

De Palestina da un giro de timón hasta Bolivia, donde Kapuscinsky se funde casi por completo con el testigo, acariciando con sagacidad el clima de inestabilidad política, oposición y conspiraciones a la sombra, revoluciones y pensamientos estudiantiles. El periodista polaco cuenta desde lo más profundo de la Paz la desgracia y revuelta de un pueblo que lucha por la armonía y la libertad.

Su prosa se va endureciendo cada vez más, hasta que culmina en Guatemala. Sus palabras y sus relatos se tornan fríos, mordaces y ácidos. En este país, Kapuscinksi pierde la confianza en el hombre que ve como su única saciedad se la da el poder a costa de lo que sea. “El hombre teme hoy a otro hombre, no ya porque el otro pueda matarlo, sino, mucho más a menudo porque este otro ocupe su lugar”. En esta crónica Kapuscinski recapacita en uno de los detalles quizás más interesantes de todo el libro: la ley del silencio. “Necesitan silencio los tiranos y los ocupantes, que velan para que su actuación pase inadvertida. El silencio tiene sus leyes y sus exigencias. El silencio exige que los campos de concentración se levanten en lugares apartados. El silencio precisa de un aparato policial gigantesco. Necesita de ejércitos de delatores. El silencio exige que sus enemigos desaparezcan sin dejar rastro. No le gusta que ninguna voz, turbe su paz.”

Por suerte Kapuscinski no pierde la fe en la esencia humana, y despues de narrar años de matanzas, de muertes y genocidios en tierras guatemaltecas, recuerda con su siguiente crónica que existen personas que hacen creer que un mundo mejor puede caber entre tanto desazón. Porque existieron Allende y Guevara a quienes dedica unas maravillosas páginas, existe la esperanza. Vidas diferentes, entornos y contextos desiguales, pero ambos “sacrifican su vida por el poder del pueblo. El primero defendiéndolo, el segundo luchando por conseguirlo”. Kapuscinski nos invita a soñar con que la revolución y el cambio son posibles si se apuesta por la ética y la moral.

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